Paredes rojas

Una cama revuelta, el humo de un cigarrillo recién apagado y el papel rojo de las paredes. Allí estaba, tumbada en ropa interior encendiendo el siguiente y esperando los golpes en aquella puerta de madera que me harían salir de ese letargo. Sonaba Aerosmith, a un volumen mucho más suave al habitual. La impaciencia me pudo. Me levanté y me puse delante del espejo alargado que había en la equina de la habitación que daba al balcón. Estaba despeinada y con un tirante del sujetador caído, rozando mi codo. Mi pelo haciendo de las suyas, para variar. Me puse bien la lencería. Debía estar al caer. Se oían pasos al otro lado de la puerta. Cada músculo de mi cuerpo se tensó, casi se podría decir que estaba asustada. Quizá emocionada. Con una sobredosis de adrenalina incontenible. Cuatro golpes, más fuertes de lo que esperaba, sin temblores, sin dudas, decididos. ¿Estaba nervioso? Silencio, estático e instantáneamente eterno. Fui hacia la puerta, agarré el pomo con fuerza y suspiré, respirando sola por última vez en aquella noche. Cuando la puerta se abrió ni siquiera pude mediar palabra. Tenía sus manos pegadas a mi cintura y sus labios rozando los míos.

– Estaba impaciente.- dijo.

-Yo también.- respondí y acto seguido cerré la puerta y le empujé contra ella.

María José Pino

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