Mirando la marea

Un vejete salió de su casa listo para faenar. Rondaría lo setenta e incluso ochenta, pero era aún un hombre robusto, bajo y enérgico. Se le notaban las ganas de vivir en su cara hinchada por los años, que estaba continuamente besada por el sol del norte. Sus manos eran grandes y callosas, y acudía cada mañana al pequeño barco pesquero, que había comprado cuando era joven, con un gorrito rojo que encontró un día, pero que calentaba mucho. Y lo agradecía, porque los inviernos norteños no perdonaban, mucho menos a los pescadores.

Cuando llegó a puerto, después de comprar lo necesario y preparar el barco para navegar, zarpó. No se alejaba mucho de la costa; su barco era bastante pequeño, y sus materiales no estaban preparados para la pesca de altura. Además, le encantaba ver amanecer sentado en la proa del barco. El ver salir el sol más allá, en el horizonte, y poder divisar detrás suya el puerto y el pueblo despertando era uno de esos pequeños placeres de la vida que disfrutaba. Vivir esos momentos era lo que le llenaba y le hacía adorar su trabajo.

Después de ver amanecer, desayunó un poco de queso y un café que se había llevado preparado en un termo bastante viejo. Había llevado comida suficiente porque iba a pasar el día entero en el mar, no porque necesitara pescado o porque le hiciera falta dinero, sino porque disfrutaba estar en contacto con la naturaleza y con el agua salada. Había sido pescador toda su vida. Desde muy pequeño salió a faenar con su padre, porque en esa época y en pueblos pobres lo normal en los niños era trabajar en el mar o en las minas. Y él tenía la suerte de que su padre poseía un barco pesquero con el que no ganaba mucho, pero sí lo suficiente para vivir. Cuando su padre murió, heredó el barco. De joven había sido muy ambicioso y quería ganar mucho dinero con la pesca. En un principio, pescaba mucho y pudo reunir dinero como para comprarse un barco bastante moderno para la época, que es el que poseía ahora. Cuando fue madurando, se percató de lo que se había dado cuenta su padre cuando tenía su edad: la pesca no era para enriquecerse, sino para disfrutarla y vivirla.

Viejo pescador en una barca, Sorolla

Poco después de salir él a pescar, vio a los grandes barcos dirigiéndose a alta mar. Eran los que trabajaban a niveles industriales, para vender a empresas. Cuando terminó de desayunar, recogió los trastos que le habían hecho falta y empezó a faenar. Estuvo largo rato y no consiguió resultado ninguno, ni un mísero pez despistado había sido capaz de capturar. Decidió entonces dejarse libre ese día. Le gustaba decir que un mal día lo tenía cualquiera, y es mejor parar de trabajar durante una mala racha y aprovechar las buenas para ser productivo. Así que pasó el resto del día haciendo lo que más le gustaba: pescar. Pero no pescar por trabajo; pescar por gusto, por buscar tranquilidad. Sacó su anticuada caña de pescar y lanzó el anzuelo. Estuvo largo rato esperando a que picaran, cerca de 2 o 3 horas. La pesca se basa en la paciencia, y él tenía mucha. Aquel tiempo lo utilizó para meditar sobre la vida, sobre las injusticias del mundo y de la vida. Aunque, como él bien sabía, no es la vida la que es injusta, los injustos somos los humanos. Se puso a pensar en las grandes embarcaciones que pescaban mar adentro a niveles industriales. Eran barcos enormes, que gastaban mucho combustible, contaminando y destruyendo ecosistemas enteros. Para él, eso no era amar el mar, eso era buscar su colapso, y las personas que quieren ver arder el mar no deberían existir siquiera.

Por fin picó un pez, pero por los tirones que daba parecía más bien un tiburón. Al ser tan inesperado y con tanta fuerza el tirón, el viejo cayó al mar. En la caída se golpeó la cabeza contra el lateral del barco y quedó confuso. Notaba que se hundía, y a causa del golpe no podía reaccionar. Intentó engancharse al barco y pudo coger el aparato que sostenía la red con la que pescaba. Estuvo ahí largo rato, hasta casi recuperado del golpe y, aprovechando la subida de la marea, trepó y fue capaz de volver al barco. Estaba exhausto y, para colmo, la caña se le había caído al mar y estaba hecha pedazos alrededor de la embarcación. Se echó un rato en el suelo del barco. No hacía mucho sol y no había peligro de insolación. Cuando despertó, estaba atardeciendo. Decidió sentarse a ver el atardecer. El cielo estaba poblado de tonos anaranjados del atardecer mezclados con el azul que aún lucía en lo alto del cielo. Esta mezcla dejaba ver una pequeña capa de un color violáceo que le llamó mucho la atención, tanto que había empezado a navegar hacia allí sin darse cuenta.

Y no hay mucho más que contar acerca de esta historia. Un viejo pescador que salió a faenar y tuvo un día de mala suerte, reflexionó sobre la ética referida al mar y a la naturaleza, pescó, cayó en un accidente del que pudo salir con vida y contempló el atardecer más bonito que había visto en su vida. Y puede parecer una tontería, pero era como si la subida de la marea hubiera sido una forma intencionada de salvarle. Era como si el mar hubiera intentado que el anciano pudiera seguir con vida, como si sintiera que de verdad lo cuidaba. Y eso fue algo que el viejo no dudó en lo que le quedó de vida. El mar había intentado salvarle, como ya lo había hecho en muchas ocasiones anteriores.

Fernando Raya

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