LOLA

Aquel balonazo rompió el silencio. Tardé unos pocos segundos en darme cuenta de que me había quedado dormida leyendo Las flores del mal. Lo había cogido de la biblioteca de mi padre sin que se diera cuenta. Era un libro muy antiguo, con las hojas amarillas, el lomo desgastado y ese olor que los libros nuevos envidian. Al empezar me di cuenta de que eso que estaba leyendo era una poesía de versos largos y ornamentación extravagante. No hablaba de flores ni de mal, no hablaba de nada. Por ese entonces yo tenía doce años y me imaginaba a aquel francés fumando un pitillo en su balcón enfrente de una máquina de escribir vieja a la que casi no se le veían las letras. Quizá eso fuera el spleen. Era demasiado niña para saber si quiera lo que era el hastío.

Cuando me quise dar cuenta tenía las piernas quemadas y aquel vestido blanco peligrosamente subido. No es que yo fuera la más recatada de las niñas de mi edad pero en ese entonces pasaba mucho tiempo en el jardín delantero de casa y no era plato de buen gusto enseñarle mis vergüenzas al viejo verde de la casa de enfrente. Por suerte había un par de naranjos, cada uno a una esquina del patio que me cobijaban del Sol, y unos jazmines que cogía para ponerlos en un cuenquito de cerámica junto a mi mesilla de noche. Serían las cinco de la tarde y el calor cordobés de agosto picaba en la piel.

El culpable de mi desvelo era un niño pequeño, de unos cinco años que jugaba en el patio de al lado. No lo había visto antes, sería un primo segundo que venía de vacaciones desde Barcelona, Valencia o Dios sabe dónde. El pobre chiquillo no sabría ni dónde estaba. Tenía el brazo extendido entre las rejas negras  que nos separaban y balbuceaba algo que parecía una súplica, un llanto o un conjuro para sacarme de quicio. Estaba claro, quería su balón y casualmente estaba a mis pies. Ya fuera por amabilidad o por acallar las voces que me tenían la cabeza loca lo cogí y se lo lancé. Corrió despavorido a por él y volvió a jugar. Ahora el llanto era una risa infantil y aunque tenía el pelo empapado de sudor y las mejillas rojas sonreía como un bendito.

Giré la silla para poder mirarlo jugar. Estaba solo en el patio y nadie le había visto quitarse los zapatos. Tenía que ponerse a la sombra para no quemarse los pies con las losas y correr todo lo que podía cuando la pelota se le escapaba para poder llevarla otra vez bajo aquel pequeño techado. El niño ni siquiera reparó en mí y la noche empezaba a caer. Yo tenía la marca de los codos en los muslos de haberme echado sobre ellos para apoyar la cabeza. Pasé más tiempo del que me gustaría viendo jugar a aquel diablillo.

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Mujer leyendo, de Matisse

Al día siguiente volví con un libro diferente pero sin intención de dormir ni de leer y el niño volvió a quedarse solo con su pelotita de colores. Me hice la que leía y un golpe repentino me sobresaltó. Parece que las naranjas esperan a que yo me siente para caerse. Aunque esta vez no había naranja, sino un balón que en poco tamaño las aventajaba y al otro lado la mirada del niño pedía a gritos que se lo devolviera. Hoy no lloraba pero sacaba los dos brazos por los huecos de las rejas y me sonreía. Tenía los mofletes tan gorditos que le achinaban los ojos. Esta vez se lo di en las manos, sacó una sonrisa que no le cabía en la cara e hizo un sonidito parecido al inicio de una risa. Aquel pequeñín me daba paz.

Los días se sucedieron así y cada vez me acostumbraba más a sus camisetas de rayas a juego con los pantalones; su madre se preocupaba más de su estilismo que de jugar con su hijo. Todos los días se repetía el ritual: él me tiraba la pelota y yo se la devolvía; a veces lo repetía más de una vez en un día. Otros días salía refunfuñando, con los brazos cruzados y dando zapatazos, y allí se quedaba, sentado en el suelo contando hormigas y abrazado a su balón.

Mi padre llegaba a casa cuando ya era de noche y no sabía de mis tardes de falsa lectora en el jardín. Desde el divorcio estuvo trabajando de Sol a Sol. Aún así cada noche me leía algún relato, a veces de Agatha Christie, a veces de Poe. Mi padre era un obseso del misterio y los cigarrillos. Una de esas noches después de una cena a base de fruta y yogur -cocinar no era nuestro fuerte- le pregunté por el vecinito que tanto alboroto formaba. Le dio una calada al cigarro y lo apagó. A la vez que el humo, empezaron a salir las palabras de su boca como si el jardín se hubiera incendiado y todo fueran cenizas. “Pobre muchacho, se lo ha traído su madre para que sus abuelos lo conozcan. La criatura tiene que llevar una vida de pena. Su madre se fue de aquí con un yonki que la arrastró al mismo infierno en el que él estaba metido y cada vez que volvía tenía pinchazos en los brazos y moretones en la cara. Por suerte o por desgracia ese indeseable murió de una sobredosis poco después de que el niño naciera. Así quedó, viuda y con un bebé a cuestas. Por lo que tengo entendido vino para que la abuela cuidara al chiquillo mientras ella se desintoxicaba. Ya ves, hay gente que vive más que el protagonista de un libro.” A estas palabras que tuvieron como compañera una sonrisa amarga sucedieron otras de esperanza que no me preocupé en escuchar. Mi padre era muy directo y a veces se le olvidaba que yo seguía siendo una niña, así que lo arreglaba con discursos moralistas y un poco de cuentos y fantasía.

Me pasé un par de meses más jugando con el niño, a veces incluso me hablaba. Me llamaba “Lola” sin saber mi nombre. Igual simplemente le era fácil de pronunciar pero me daba mucha ternura.  Recuerdo que cuando empezaba a refrescar yo salía con una rebeca y él con un chaleco que no le duraba más de cinco minutos.

Una tarde de octubre cuando yo llegaba del colegio, vi un coche aparcado frente a la casa. Una mujer guapa y esbelta pero con más arrugas de las que cabía esperar a su edad llevaba en brazos a mi amigo y otra mujer mayor y encorvada a la que yo conocía bien le dio dos besos. “Cuídalo bien, Lolita, es lo más bonito que se puede tener”. Me paré en seco. Su madre se llevaba mi alegría en brazos y la pelotita de colores en una mano. “Sí, Lolita, cuida de esa sonrisa inocente. Que no tenga que buscar madres fuera de su casa.”

Willow

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