NO

Cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron cuando el olor a humedad del ambiente despertó su olfato. No conseguía ver mucho, apenas la pared que tenía frente a ella. Fue hacia allí, la tocó y notó el tacto áspero y frío de los ladrillos. Un rayo de luz comenzó a entrar en aquella habitación que no conocía y la claridad fue rellenando cada hueco de la estancia hasta que todo estuvo iluminado. Ahora sí que distinguía tres paredes de ladrillo oscuro y unos barrotes grises. Estaba en una cárcel, aunque no recordaba cómo había llegado hasta ahí y mucho menos el porqué. Se acercó a estos y se agarró con las dos manos, esperando ver a alguien que pasase. Buscaba respuestas. Apretó sus puños y pudo percatarse de que en los barrotes había frases escritas que le resultaban familiares: “Todos podemos tener un mal día”, “Tú lo has provocado”, “Molestas”, “Te quiero”, “¿Con quién estás?”, “No te vayas, por favor”, “Si no estás conmigo, no estás con nadie”, “Lo hago porque te quiero”, “Voy a cambiar, lo prometo”, “Perdóname”, “Eres mía” … Todos los barrotes estaban llenos de estas frases, su corazón se aceleró y sintió un ardor en la garganta. Sabía lo que eran y, como si el hierro le quemase, soltó sus manos y se dirigió hacia la pared del fondo. Su espalda se deslizó por las rugosidades de aquella frontera hasta que quedó en el suelo sentada, abrazada a sus piernas. Había escondido la cabeza entre sus brazos cuando escuchó una respiración a su izquierda. Era una chica joven a la que no había visto hasta entonces. Tenía una herramienta en la mano y se la estaba ofreciendo. Cuando la cogió, vio que era una lija que tenía el mango de madera y estaba un poco estropeada. En el mango estaba escrito un “no” muy claro. La chica, al mismo tiempo que se la acercaba, musitó: “nunca es tarde para intentarlo”. Supo a qué se refería, miró un instante a los barrotes y, al volver la vista a su compañera de jaula para darle las gracias, ya no estaba.

Se acercó de nuevo a la verja, observó con cautela si había alguien fuera y, al no ver a nadie, comenzó con la tarea. Empezó con la parte de abajo, pero al principio le resultaba complicado mantener la lija quieta en un lugar concreto. No quería que se diesen cuenta de que estaba intentando escapar. Al rato, escuchó unos pasos y, nerviosa y agitada, se alejó de la puerta mientras escondía con cuidado la herramienta en su ropa. Las botas del guarda resonaban en todo el pasillo, una melena oscura apareció detrás de los barrotes, el uniforme era azul y cuando llegó a su cara lo reconoció al instante, era su novio. Quiso gritarle para que la ayudase a salir, pero su voz no salía y su pareja tampoco parecía querer sacarla de allí. Durante dos segundos mantuvieron la mirada, pero después este se marchó por donde había entrado. Así continuó hasta que pudo romper una parte de aquellos hierros que la separaban de la vida real. Cuando comprobó que su cuerpo entraba por aquel hueco, salió. El guardia volvió otra vez, pero al no verla dentro de la habitación entró en tensión, se notaba en sus puños apretados y su mandíbula cerrada con fuerza. Ella sabía que era el momento, por lo que se lanzó contra este y le robó el arma que tenía en el cinturón. Nunca había sido tan valiente, pero quería salir de allí. Le apuntó a la cabeza con la pistola, pero no disparó. Cogió las esposas y las llaves de la prisión, lo esposó y lo introdujo donde ella había estado hasta hace poco. Sabía que no podría escapar, pues él era mucho más grande que ella y no podía salir por el pequeño agujero que había hecho.

Corrió como nunca lo había hecho, sentía cada vez menos presión en su pecho, el aire era menos denso y se sentía libre. Lo era. Llegó hasta el final de un pasillo y abrió la puerta. Los rayos del sol dieron de lleno en sus ojos haciendo que los cerrase. Cuando intentó abrirlos para ir acostumbrando la vista a la luz, ya no estaba allí. La luz que le daba era un rayo de sol que entraba por la ventana. Giró la cabeza y vio a su novio dormir. Se frotó la cara con las manos y sintió una punzada de dolor en el pómulo. Miró sus muñecas, que tenían marcas de dedos. Ahí lo supo. Recordó todas aquellas frases en los barrotes, la mirada impertérrita del que dormía a su lado, la herramienta en la que tenía inscrito “no”. Se levantó con cuidado, como cuando estaba rompiendo los hierros; preparó toda la ropa que pudo, un barrote menos; eliminó todo lo que la relacionase con aquel ser, ya queda menos para salir; abrió la puerta lentamente, maleta y móvil en mano, comienza a salir de la prisión. Se alejó de la casa y marcó con decisión un número de teléfono, está cogiendo el arma y apuntando a la melena oscura. Camina con la cabeza alta, sonríe y respira tranquila. Es libre.

Nuria Gómez

 

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Ilustración realizada por Alabelbel

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