El deber y el deseo

(…) y, sin embargo, escribir fue mi mejor idea, sí. Había tenido otras muchísimo más brillantes, pero ninguna que me entusiasmase como esta, así que, al final, la llevé a cabo. A fin de cuentas, todo fracasado necesita sus minutos –o sus horas- delante de un papel para contar la totalidad de sus actos, pues a un perdedor le suceden cientos de hechos emocionantes que relatar.

Me senté y cogí el primer papel que pillé en el bullicio del escritorio. Este estaba lleno de joyas de la literatura universal: La metamorfosis de Kafka, Cien años de soledad de García Márquez, Los miserables de Victor Hugo, y quizá el papel que cogí fuera alguna hoja de estas que hay al inicio o al final de las novelas, una de esas hojas que están en blanco y cuya utilidad no he llegado nunca a entender, pues no aportan información editorial, ni del libro, ni nada. Están simplemente de relleno. ¡Eh! Había encontrado algo más inútil que yo, pues yo todavía podía servir para el campo, para trabajar en una mina, y así podría hacer alguna aportación a la sociedad, pero esos papeles, a mi parecer, no servían para nada, aun así, cogí uno y empecé a escribir. Debería haber estado estudiando, pero empecé a escribir. Me resultaba más ameno, aprendería más, haría algo útil y daría también una utilidad a la hoja en blanco que, por cierto, no sé ni de qué obra era, ni, incluso, si era de alguna obra. Pero bueno, yo empecé a escribir y a escribir y a escribir, y no recuerdo bien ni sobre qué, pues, cuando me di cuenta, me acababa de despertar.

¡Había estado durmiendo todo este rato! Las obras seguían en su sitio, el papel inútil al que estaba revalorizando había desaparecido y, en su lugar, había una pila de apuntes de unos cuarenta folios. Debía estar estudiando cuando me dormí y soñé. Curiosamente, soñé que debía estar estudiando y había decidido escribir, cuando en realidad debía estar estudiando y había decidido soñar.

dibujo relato
Ilustración realizada por Moon

Retomé mis menesteres cuando me di cuenta de que nada había sido real. Eran cerca de las cuatro de la mañana y tenía un examen de biología a las nueve. Todavía me quedaban unos cuantos temas que estudiar, pero, al ver que no retenía ni una pequeña parte de la información, desistí. A mí no me gustaban los animales, ni conocer la anatomía humana. ¿Para qué? Si ya me conocía a mí mismo… Yo sabía cómo era por dentro y, ante eso, poco valor tenía saber el nombre de la glándula pituitaria en latín, así que cogí el primer libro de mi escritorio y empecé a ojearlo. Entre el cansancio físico y mental, no me había fijado en el título. Miré por si resultaba que el sueño había sido real después de todo y había escrito algo en las hojas iniciales, pero nada, cero. Finalmente cerré el libro y me acosté en la cama. Total, el suspenso estaba asegurado, por lo que prefería ver si retomaba el mismo sueño, que además había sentido más real que la vida misma.

Cuando me tumbé en la cama, me costó conciliar el sueño y, sin embargo, yo juraría que la postura era la misma, creo que siempre he dormido así, con el brazo derecho debajo de la almohada y el cuerpo levemente apoyado contra ese flanco, las piernas buscando la juntura por donde se remete la sábana, pero nada. El sueño no volvía. Estaba empeñado en llegar a él de nuevo, así que fui a la cocina, cogí el último somnífero del bote y esperé. Al rato empecé a notarme cansado, más bien hastiado, así que volví a la cama, me acosté como siempre lo hacía, y esta vez caí rendido. Aunque no soñé que escribía, soñé que estudiaba biología, lo que hizo que me levantara. Noté calor, seguramente tendría algo de fiebre. Los apuntes seguían ahí, acechándome, pero yo no estaba en condiciones de ponerme a estudiar. Además, había desistido y, pensándolo bien, con fiebre tenía una excusa para no ir al examen, así que me tranquilicé. Me volví a dormir y retornó el sueño de que estudiaba biología. Mi subconsciente no reaccionaba para levantarme, así que pasé toda la noche soñando con biología, a pesar de que no iba a hacer el examen.

Cuando desperté, me encontraba bastante mejor. No tenía síntomas de fiebre, por lo que debía hacer el examen, así que me puse delante de los apuntes de nuevo para dar un último repaso y pasó algo sorprendente: me sabía el temario de cabo a rabo. Era como si me hubiera quedado estudiando toda la noche de seguido, a pesar de que había estado durmiendo y con fiebre y de que me sentía bastante descansado. Mi asombro continuó, por lo que decidí coger un papel del escritorio para escribir sobre lo ocurrido, pero no tenía ninguno a mano y, sin embargo, escribir fue mi mejor idea, sí. Había tenido otras muchísimo más brillantes, pero ninguna que me entusiasmase como esta, así que, al final, la llevé a cabo. A fin de cuentas, todo fracasado necesita sus minutos –o sus horas- delante de un papel para contar la totalidad de sus actos, pues a un perdedor le suceden cientos de hechos emocionantes que relatar… (…).

Fernando Raya

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