Begynnelsen

Hoy os voy a contar una historia caída en el olvido, o mejor dicho, una historia que los vencedores se empeñaron de ocultar. Antaño existía un grupo de mercenarios muy conocidos en toda la región. Se podría decir que eran los mejores en su oficio, pues no había trabajo que no pudieran completar. El líder era Haakon, un hombre forjado en el dolor y la guerra. Desde pequeño, vivió la guerra de Harald-Einar, pues su ciudad natal, que ni él recuerda, fue de las primeras en borrarse de del mapa por esta inútil lucha. Su pelo era cenizo, tenía una barba cuidada y siempre llevaba con él una pequeña daga que le regaló su pequeña ahijada. A pesar de tener, supuestamente, 200 años o más, el joven no parecía tener más de 30, pues además de dominar el arte de la lucha, fue reclutado por los druidas cuando apenas tenía 10 años.

Todos tenían a Haakon como un sanguinario mercenario capaz de hacer cualquier cosa por unas monedas de oro, pero poco lo conocieron para saber que era de las personas más nobles de este mundo. Tenía su propio código de conducta, lo que hizo que más de una vez se viera envuelto en graves líos y, hasta que no creó el grupo de mercenarios que lideraba (lysstråle) fue un hombre muy solitario, que pasaba su vida de un lado a otro buscando trabajos y conocimientos, aunque todo cambió en el momento que conoció a Engla, que más adelante se convertiría en su ahijada.

Era un día normal, Haakon llegaba a las puertas de un nuevo castillo, Dahl, que tenía la peculiaridad de contar con dos reyes. Uno se llamaba Lars, era bajo y gordo, y parecía estar hechizado bajo el pecado de la gula, pues era capaz de vender a su hija por un trozo de carne. El otro se llamaba Lurs, era alto y seco, y al igual que su hermano, también era capaz de vender a su hija, aunque éste por una mísera moneda. Justo cuando Haakon atravesó las puertas del castillo, los dos hermanos estaban en una gran disputa. El mercenario intentó no llamar mucho la atención de los reyes, pero era difícil con la gran espada que llevaba en su espalda. Lars le preguntó si podía ser el juez de su disputa pues, al ser un extranjero, sería una persona totalmente imparcial. Haakon, más por el interés que por otra cosa, decidió quedarse a escuchar cuál era el motivo de aquel conflicto.

imagen relato
Ilustración realizada por Alabelbel

El caso era el siguiente: había dos pretendientes, dos reyes de otras regiones que se querían casar con una sobrina suya. El problema es que ella se negaba a casarse con ninguno, pues quería ser una exploradora y ver mundo. Lars proponía casarla con el primer rey pues, aunque pagaba menos por ella, solo la tendría atada en su cuarto. En cambio, a Lurs le parecía mejor venderla por más oro, aunque el otro rey la maltratase cada vez que intentara escapar. Haakon no aguantó mucho más las estupideces y los argumentos de esos dos indeseables y, sin mediar palabra, sacó su gran mandoble y empezó a luchar. Aun siendo un luchador experto, los reyes tenían muchos soldados en el salón. Haakon empezó por la guardia que tenía más cerca, clavándole un cuchillo en el costado. Después cogió una de las espadas y, junto a una señal de los druidas, encendió la espada del caballero muerto y se la lanzó a los arqueros de la retaguardia. Corrió rápido a por otros dos caballeros que se encontraban junto a la bella chica que estaba encadenada juntos a los reyes y los mató de dos tajos. Por desgracia, los reyes habían salido corriendo en cuanto todo comenzó, y cuando Haakon se quiso dar cuenta, habían avisado a más guardias. Mientras rompía las cadenas de la muchacha, esta empezó a llorar porque decía que no podrían salir vivos de ahí y, de hecho, justo cuando rompió las malditas cadenas, unos cinco soldados con bayonetas aparecieron por la puerta del salón. Para cualquier otro ese habría sido el final, pues no había salida, pero estamos hablando del legendario Haakon, que cuando entró en la sala, había puesto un pequeño hilo empapado que atravesaba la puerta del salón. Ese hilo acababa en las manos de Haakon, que una vez más pronunció una runa de los druidas que trasmitió una gran corriente por el hilo, acabando con los arqueros.

Haakon, con una gran sonrisa, cogió a la joven al hombro y salió corriendo hacia el ventanal del salón, pues sabía que este daba al río que pasaba cerca del castillo. Por desgracia, la descarga eléctrica no llego a matar a todos los guardias, y uno de ellos consiguió disparar un virote en el hombre del mercenario. Este cayó al río con la chica dejando un rastro de sangre que, según dicen, todavía se mantiene a día de hoy.

Me gustaría seguir contando esta historia, pero creo que por hoy es suficiente. Aún quedan muchos mercenarios por conocer y, sobre todo, la historia que el Rey Viggo borró. Seguramente os preguntaréis cómo lo sé, pero todo a su tiempo. Como anticipo os diré que, por desgracia, aun siendo un héroe como era, Haakon seguía siendo humano, y esto no es un cuento de hadas.

Enderfin

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