Colores del alma

Las noches ya no son lo que eran desde aquel día. Hoy me había levantado a las seis y vente de la mañana a la par que el cielo se volvía de un color lila suave que acariciaba mis parpados cansados por el pasar del tiempo. No se por qué me levantaba tan pronto, era el comienzo del verano y los días se hacían cada vez más eternos; solo tenía el sueño para escapar de la monotonía de la rutina sofá-mesa. Normalmente ya habría comenzado esa rutina, pero algo dentro de mí bramaba que fuera un rato al parque que tenía enfrente de mi viejo hogar, el cual si hablara podría contar los numerosos fracasos visibles y logros latentes que cargaba en mi espalda. Puede ser que por eso me doleran tanto los lumbares.

Me levanté de mi cama, que ya tenía la forma de mi cuerpo, y me dispuse a vestirme. Fue toda una odisea, una aventura que encendía una llama en mi alma, pues no sabía si elegir una camisa color azabache o una color negro o, ¡incluso podría ponerme una color carbón! A quién quiero engañar, nada interesante pasaba en mi vida, incluso cuando no era verano, esa monotonía de ir siempre a trabajar me destrozaba como si de un simple juguete se tratara.

Cuando salí por fin de mi casa, una briza que traía consigo el rocío del alba me golpeó los ocelos trasformándolos de nuevo en ojos, pues aunque veía continuamente cómo dos figuras sin forma discutían dentro de una caja plana, llevaba tiempo ya sin fijarme en el más mínimo detalle de las cosas. Ese amanecer color durazno del cielo se mezclaba cada vez más con el azul brillante que estaba por venir. Me recordó a las innumerables mañanas que pasé levantándome antes que nadie durante los campamentos de verano cuando apenas tenía 10 años. Esas mañanas, en mitad del bosque más frondoso que jamás he visto, rodeado de pájaros que entonaban los notas de la madre naturaleza y el olor, qué olor… Era olor a libertad, a salvaje, a que solo tu propia fuerza podía frenarte, lejos de la maldad y la corrupción de la Gran Manzana. Me gustaría volver a sentir otra vez esa libertad que sentía de joven, pero los pedazos de mi apenado ser no disfrutarían de ese momento y solo serviría para exterminar el feliz recuerdo que tengo del pasado.

Seguí bajando por la cuesta de mi calle que daba a la entrada del parque. El sol ya estaba en alza y el cielo rebosaba de un brillante azul. Era un día totalmente despejado, sin una maldita nube. Las maldigo porque amo la lluvia, bueno, más bien el olor a tierra mojada, las escenas de películas que me monto en mi cabeza mientras evito los charcos de agua que se crean cuando cae una tormenta, el sonido de las gotas golpeando las hojas, la vitalidad que da a la naturaleza… una vitalidad que yo necesito, pero yo no soy un árbol, ni un arbusto, ni siquiera una mala hierva. El agua no nutre mi existir en este mundo. A veces envidio a las flores que tengo en el poyete de mi ventana. Tan solo necesitan un poco de luz y agua para brillar, para alegrar, no solo la casa, sino la calle entera pues destacaban mucho debido a lo sosa y vieja que era esta.

Ya estaba en la entrada del parque cuando el cielo empezó a volverse de color ámbar. Era una sensación cálida, tanto que sonreí con tan solo pasear cerca de los ancianos y niños que había alrededor. Me sorprendió, la verdad, llevaba ya tiempo sin hacerlo, creo que tanto tiempo como llevaba sin comprarme un helado, así que no dudé en ir a la heladería del parque y comprarme uno de vainilla. Eso sí que me hizo viajar a mi niñez. Nunca olvidaré pasear por el parque con mi madre y un cono de helado más grande que mi cabeza. Era muy feliz de tener a mi madre y, en cambio, nunca le he dicho lo mucho que ha significado para mí. Ella me ha aguantado cuando ni yo mismo lo hacía, siempre me ha aconsejado a pesar de que yo siempre hacía oídos sordos porque pensaba que ella no podía entenderme, que yo era más listo, pero ahora…..ahora veo que no soy más que un  reflejo de ella, una gota de agua que, si pudiera comprender alguien, sería ella, que debería de haberle hecho más caso, a lo mejor así no me habría roto en tantos pedazos. Debería de haberle dicho que la quiero.

Ilustración realizada por Alabel

Me terminé el helado y me lancé sobre el mar de césped que había justo detrás del banco. Me quedé absorto en mis pensamientos, mirando el cielo estrellado. Es curioso cómo la vida misma, el paisaje más hermoso, se revela en tiempos más oscuros. Qué bonito es el cielo nocturno y qué misterioso es. Me gustaría saber qué secretos habrá fuera de este mundo, a dónde llevan ese camino de estrellas, qué nos deparará el futuro….. Bueno, esto ultimo no lo quiero saber, la verdad. El futuro es incierto y es la poca gracia que hay de vivir la vida, de romperse y reconstruirse, de descubrir y redescubrir, de triunfar y fracasar, de enamorarse……. Ay el amor, el arma más fuerte y destructiva del mundo, nadie puede resistirse a él, nadie puede evitarlo, solo llega y perturba la forma de vivir. Y como era de esperar, cuando más te niegas a los sentimientos es cuando más fuerte golpea, y nunca mejor dicho, pues llegaste como una estrella fugaz, tanto que solo te percibí cuando empezaste a hablar de las constelaciones.

Las noches ya no son lo que eran desde aquel día, ahora son mucho mejores, pues solo tengo que buscar la estrella polar para recordar ese momento. Y no sé lo que sentirás tú o qué pensarás de mí, ni siquiera yo soy capaz de entenderme, pero me alegra eso. Has trasformado los fragmentos de mi alma en “La noche Estrellada” pues, como colores, mis sentimientos se han revelado.

Sergio Beryuza

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