No todo es tan perfecto como parece…

Jaime, un chaval de 18 que parecía a simple vista perfecto. Era inteligente, sacaba buenas notas, se llevaba bien con todo el mundo, era guapo… Qué más puede pedir a su edad. Parecía que tenía una vida perfecta o, al menos, la vida que todo el mundo a su edad soñaba tener.

El problema es que Jaime no tenía en realidad esa vida de ensueño que todos creían. Los padres de Jaime se habían separado cuando él era más pequeño, tenía una enfermedad crónica que le provocaba dolores continuos y constantes visitas al médico y, por si fuera poco, el padre de Jaime murió unos meses atrás por culpa de un accidente de coche.

Circunstancias externas a él le habían arrebatado la felicidad e ilusión que debería tener cualquier adolescente. Jaime las había perdido demasiado rápido y, por ello, no aguantaba más ser más el tipo a seguir en su instituto. A decir verdad, estaba cansado de que todo el mundo le adorase y quisiese ser como él, porque no tenían ni la más remota idea de todo lo que había sufrido, estaba sufriendo y le queda por sufrir.

Pintura relato Casas
Q Train, de Nigel Van Wieck

Las desgracias no frenaban en su vida, sino que incluso iban a más: su enfermedad se agravaba; las visitas al médico eran muy frecuentes; estaba perdiendo amigos íntimos debido a que se sentían o bien celosos o bien desbordados por su popularidad; su madre empezó a tomar antidepresivos…

Hace un mes, mientras Jaime paseaba solo por el patio del instituto, un chaval se le cruzó y le preguntó de repente:

-Perdona, ¿cómo consigues ser tan popular? ¡Me gustaría ser como tú!

Jaime no sabía por qué, pero tenía un sentimiento de que este niño tan inocente e ingenuo se parecía a algo en él o, por lo menos, a lo que había sido, y estalló diciendo:

– No tienes ni idea de lo que es ser como yo. No sabes todas las penurias, sacrificios y tormento que estoy pasando. ¡Vete fuera de mi vista! Y no quieras, ni tan solo pienses, en parecerte a mí.

El chico se fue corriendo con lágrimas en los ojos mientras que Jaime se sintió contento, como pocas veces le había ocurrido en su vida. Entendía que, con esa reacción, había advertido al niño de la oscuridad que puede haber detrás -o el interior- de la perfección.

Juan Carlos Casas

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