Azul y rojo

Seis de la tarde. Como cada día llegué al parque a la hora justa, ni un minuto más ni uno menos, con esa manía tan tonta de medir la vida a milímetros. Siempre me sentaba en el segundo banco a la izquierda del sauce llorón, lo suficientemente lejos para que sus hojas no me rozasen la cabeza y tan cerca como para entrar en su colosal aunque lánguida sombra. Cinco minutos exactos. Lo justo para acomodarme y observar y, como cada día, ver que el mundo estaba en blanco y negro. Siempre había personas deambulando de un lado a otro con la vista pegada a la pantalla de un móvil y hoy se habían olvidado de mirar al cielo ignorando por completo el hecho de que estaba cubierto de nubes. Llovería en apenas una hora.

Empecé a leer, no recuerdo muy bien qué libro, apenas le prestaba atención. Todas las tardes tenía que releer fragmentos que ni siquiera recordaba haber leído. En realidad era solo una excusa para ir al parque, para contemplar el gris. Esa es la palabra: Gris. Un paisaje en el que la belleza más pura es solo la sombra de lo que un día fue, pero era la sombra más hermosa que jamás había visto.

Y de repente, rojo. Un vestido rojo. Una mujer con olor y apariencia de rosa que caminaba esbelta y calmada, tan lento que daba la sensación de levitar. Entonces me miró. En ese momento, después de tantos años, se me oprimió el corazón y pude sentir cómo me quemaba la piel y cómo me ardían los ojos. El rojo entonces me pareció fuego. Vino entonces hacia mí y en un intento casi infantil por ocultar mi interés miré hacia el libro.

-Va a llover- dijo.

-Va a llover.-respondí. Y sin darme cuenta la miré y me topé con sus brillantes ojos verdes. ¿Ojos? Más bien esmeraldas.

Incapaz de salir de mi utopía no reaccioné cuando la primera gota cayó del cielo. Y así, sin más, comenzó a llover sobre el gris de este parque. En este lugar llovía tanto que podría decirse que la lluvia despintó los árboles y las calles y, al final las personas. Su pelo castaño se empapó y la porcelana que tenía por piel se iluminó con gotas de rocío.

-Bonita chaqueta. Siempre he adorado el azul.-me miró y sonrió con gesto amable.

-Gracias.- Era la primera persona que no me decía que era un color ridículo para una americana.

-Oye, ¿me creerías si te digo que estoy enamorada de ti?

Me quedé sin aliento. Esa mujer estaba definitiva y completamente loca. Sentí que me tomaba el pelo y solté una carcajada.

-Claro que no.-respondí mirando al libro. Había perdido el interés por esos ojos que solo decían estupideces.

– Pues lo estoy.

Y de repente me di cuenta que no era ninguna broma. Lo decía totalmente enserio. En ese instante la verdad cayó sobre mí como un jarro de agua fría. No, yo lo estaba. Estaba enamorado de esa mujer.

Dudé por un momento. ¿Podía asumir estar enamorado sin haberlo sentido nunca? Era la única explicación del huracán que ahora arrasaba mi corazón. Hallé en ella la confianza de quien se ve en un espejo y no pude evitar preguntarle cuál era la razón de su amor por mí.

Se rió.

-Vaya pregunta. Mírate, vienes siempre a las seis y te sientas en el mismo banco con un libro que ni siquiera lees. Pasas cinco minutos mirando y analizando a cada persona que pasea como quien ve una película. Y, aun viniendo a diario, no te has dado cuenta de que a las seis y media me siento en el tercer banco a la izquierda del sauce llorón, con un cuaderno en el que no escribo y que es solo una excusa para verte. La chaqueta me da igual. El color es tuyo. Y por eso vengo a verte, porque estoy cansada del gris, de entenderlo todo. Y no te entiendo y ojalá nunca lo haga nunca porque entonces dejaría de amarte.

Las horas se me antojaban minutos. Cada palabra que decía me sumía más en este sueño del que no podía escapar. Y hablamos, reímos e incluso lloramos, viviendo una vida en solo una tarde. Me descubrí explorando el verde de sus ojos en el que se percibía una pequeña mancha color café que pasaba desapercibida. Como este banco, como nosotros, escondidos bajo la lluvia de hojas de un sauce llorón. Se levantó. Después de ese día no volví a verla, pero sus últimas palabras aún siguen sonando en mi cabeza cuando vuelvo al parque.

-No existimos para este mundo. No para los ciegos de miedo. Porque aprendieron a ignorarnos a nosotros, a los que no somos grises. Pero. ¿qué más da? Somos la insignificancia sentada en un banco. Les vemos. Ellos no quieren saber que existimos. ¿A quién le importa un color si la vida está en blanco y negro?

María José Pino

 

dibujo definitivo relato
Ilustración realizada por María José Pino

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: