Matar por primera vez

Finley McCarthy abrió los ojos después de unos cuantos segundos bajo el agua. Cuando consiguió acostumbrarlos al nuevo medio, pudo confirmar que no había nadie en la piscina. Posiblemente porque eran cerca de las 5 de la mañana. Nunca llegaba tan pronto al gimnasio, pero, después de todo lo vivido aquella noche, necesitaba sentir algo de tranquilidad. Siempre había pensado en la idea de matar, pero nunca imaginó que podía llegar a cometer semejante crimen.

– No pienses que te he ocultado esto por gusto- empezó a recordar el rostro de Laila durante la pelea- el tiempo pasa… las relaciones se enfrían, y yo, necesitaba más, más de lo que tú nunca intentaste darme.

– ¿Cómo puedes decir que yo nunca he intentado darte más, si me he entregado totalmente a esta relación?

Sentía tanta rabia que sabía que podía hacer cualquier locura, así que, tomó las llaves del piso y se fue a dar un paseo. Laila quedó allí, sentada en el sofá, el mismo sofá donde se había dejado ser con otra persona. No estaba mal, ni triste, ella ya había superado hace tiempo los sentimientos por Finley y cuando se giró para verlo salir, notó la marca de sus uñas clavadas en el terciopelo y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Mientras tanto, a paso ligero, Finley ya había tomado la primera salida con el coche, y cuando había quedado lejos el barrio residencial, hizo un ademán de llorar, pero no fue capaz. Pronto llegó a la cafetería que tanto le gustaba a Laila y no pudo continuar. Se bajó del coche y pidió un café. En ese momento entendió todo. Abrió el móvil, sacó las fotos del investigador privado: el camarero era él, quien le había arrebatado toda la felicidad.

– Perdona, puede ayudarme con una rueda que tengo pinchada, será solo un minuto- dijo con tono amable hacía el empleado.

– Claro, deme un minuto que atienda a esa pareja y estoy contigo.

Cuando al fin lo tuvo en frente, a solas, notó cierta lástima, pero rápidamente sacó la pistola y le obligó a montarse en el coche. El muchacho quedó paralizado, le dio con la empuñadura de la pistola en la nariz, volvió a darle, disfrutando esta segunda vez. Empezó a sangrar, pero no le importaba. El muchacho subió en silencio al coche. Sin dejar de apuntarle, se subió y emprendió el camino hacia el bosque.

Llegaron rápido -vivían bastantes alejados del centro así que no era difícil alejarse de la selva de hormigón-, y aparcó en el mirador donde por primera vez besó a Laila. No era coincidencia, quería que fuera ahí. Le obligó a bajar y le dijo que empezara a cavar su tumba con sus manos mientras le reconocía quién era él y por qué quería matarlo. La tierra estaba blanda de la lluvia otoñal. Lo tuvo sin parar al menos 3 horas. Cuando había terminado, se adentraron en el bosque y le hizo coger la piedra más grande que había en ese bosque. Inscrita en ella había una L y una F, “porque nadie podría mover nuestro amor” fue lo que le dijo cuando Finley estuvo una hora consiguiendo escribir sobre la piedra. Lo ayudó con una mano, pesaba al menos 15 kg. La guardaron en el coche. Volvió a pegarle para que subiese. La tumba quedó allí, vacía.

Llegamos al gimnasio, no había nadie, pero tenía la tarjeta para poder entrar, ya que era 24 horas. El muchacho, ya sumiso sin saber qué ocurría bajo la piedra. Fueron a la piscina, lo ató a una silla, se ató una cuerda a la piedra y se tiró. Abrió los ojos y por desgracia antes de caer al fondo, en lo último que pensó fue en su rostro. Jamás podría olvidarla.

Y así fue como mató por primera vez: primero mató todos los recuerdos bonitos que tenía con Laila, luego mató en vida al muchacho obligándole a ver cómo se suicidaba, y finalmente, se suicidó. A pesar de todo, el amor reinó sobre el odio.

Francisco Jesús López

imagen relato definitiva

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