El trono del querer

Me despierto

y somnoliento alzo la vista.

Solo vislumbro una noche sin estrellas.

De nuevo bajo mi cabeza,

me encuentro sentado en un trono de lágrimas y alquitrán

del que no me puedo levantar.

Miro al frente, veo a los demás,

ellos no pueden verme.

Observo la simaquía en la que se apoyan

para luchar para vivir (para la lucha de la vida).

A mi diestra hay una vela.

Ella alumbra mi senda y me da calor,

su fuego es el muro contra el que se quiebra

la oscuridad que rodea y acecha,

el último baluarte donde esconderme

cuando me atacan la locura y el miedo.

El trono como custodio impasible

me retiene como presa y depredador,

como carcelero y encarcelado,

como amante y amado unidos

hasta el fin de los tiempos en la batalla entre batallas.

A mi izquierda veo un corazón apuñalado sobre una bandeja de plata aún palpitante

luchando en un vano intento por bombear sangre a ninguna parte.

Entre la sombra se acerca un ave.

-Que querrá- pienso.

A lo que el ave contestó:

-La eternidad arde cuando se enfrenta al futuro-

Y así, el majestuoso pájaro

se lanzó sin vacilar hacia la llama,

y envuelto en llamas se posó sobre mi cabeza

y allí había de quedarse para siempre.

Juan Escalona

 

imagen colaboración definitiva

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