aWisteria

Y ahí estaba otra vez, mi musa, esa bella flor que aparecía cada día a la misma hora enfrente de mi balcón.  Yo, como de costumbre, estaba esperándola, sentado delante de una mesita redonda de madera -que llevaba años acompañándome- con una copa de vino Arneis que impregnaba todo el balcón con un suave olor a uva, y mi querido cuaderno, donde estoy escribiendo esto ahora mismo.

Todos los días eran prácticamente iguales: ella salía un rato al balcón a observar la puesta de sol que no hacía más que iluminar su increíble cabello, regaba dos ramitas de Wisteria que tenía alrededor de su ventana y se metía dentro a la par que los últimos rayos de sol se desvanecían. Pero, aunque otros se hubieran cansado de esa repetición, de perderse esas magníficas puestas de sol, yo solo rezaba a Dios para que esa chica saliera un día más, que todo siguiera su curso con normalidad.

Pero hoy es diferente; hoy no ha salido; hoy estoy solo con mi copa y mi cuaderno, esperando mientras se pone el sol. Hoy no he podido ver su ardiente pelo, corto, rojizo y desenfrenado, similar a una leona, sobre el que se reflejaban los haces de luz haciendo que cada mechón fuera como una llama del fuego más intenso. Hoy no he podido ver su piel, que, como lirios del valle, era blanca y pura, tanto que hasta los antiguos reyes no podrían llamarse de sangre azul. Hoy no he podido ver sus cálidos labios de color rosado, que hacían que mi cuerpo se estremeciera solo de pensar en rozarlos, pues como las rosas más frágiles, solo hacía falta un soplo de viento para quebrar sus pétalos. Hoy no he podido ver sus ojos marrones que, a la luz crepuscular del atardecer, brillaban más que Kaus Australis, la estrella más brillante de la constelación de Sagitario.

Hoy no he podido verla; hoy me he quedado solo con el vaso de vino vacío y mi cuaderno a punto de acabarse. Solo me quedan sus dos ramitas de Wisteria que funcionaban como espejos de mi alma, pues hoy no habían sido regados con lo que más necesitaban, hoy estaban más caídos que nunca y su color lila ya no brillaba en la penumbra de la noche. Aún lánguidas, las ramas seguían ahí, decorando ese portal que llevaría a cualquiera a su máxima felicidad…

El viento nocturno, que con su brisa se llevaba las lágrimas que brotaban de mis encarnados ojos como si fuese el rocío de la aurora que estaba por venir, me susurraba al oído que ella se había ido para siempre, pues como las Alocasias, es una flor que necesita estar un tiempo en libertad para llegar a su máximo esplendor.

Me quedé solo; sin mi vino y con la última hoja de mi cuaderno.

Si escuchara al viento, lo mismo el porvenir sería tan brillante y cálido como la puesta de sol que no disfrutaba cada tarde, pero no pienso hacerlo. Pienso regar y cuidar las dos ramitas mientras la hermosa dama no esté; pienso esperar cada tarde como lo hacía desde que tengo memoria; pienso en qué idílico lugar podría estar creciendo esa blanca y roja flor… pienso y pienso y lo único que sé es que seré otro hombre cuando la vea, pues como los Lirios del Himalaya, el tiempo, sin ella, no hace más que volverme mejor de lo que era.

Si algún día retorna, no volveré a salir al balcón, pues no dejaré que mi temor y mi imperfección repriman mis sentimientos que, más que nunca, han florecido.

Enderfin

 

imagen definitiva relato Sergio

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