Oscuridad

Y entonces comenzó la caída… durante lo que pudo ser una eternidad o un solo segundo, caí por una oscura negrura y un golpe seco rompió el silencio. Después, nada; la más extensa de las nadas me rodeaba, mis manos tocaban el ¿suelo? Era duro, frío y resbaladizo, resultaba imposible levantarse. Mi cuerpo parecía no pertenecerme, no dominaba en mí, y el pánico logró alcanzarme.

A lo lejos una voz, no… un susurro, o tal vez solo mi imaginación: “Ven”, y mi cuerpo obedeció. Real o no, era lo único a lo que podía aferrarme. Fue entonces cuando comenzó mi purgatorio. No resultaba fácil saber el tiempo que llevaba caminando hacia un destino incierto ¿debía parar y asumir que había llegado al final? Asumir que ya nada quedaba para mi… girar o continuar recto, daba igual. Hiciese lo que hiciese, la situación no iba a cambiar, nada iba a alejar esa oscuridad de mí, cada vez notaba más cómo me engullía, cómo me amenazaba, mis rodillas comenzaban a ceder a la presión y volví a chocar contra ese suelo que ahora parecía de cristal. Supe que no me levantaría y cerré los ojos esperando lo único que podía ya esperar…

A lo lejos otra vez una voz, no… un susurro, o tal vez solo mi imaginación: “Sigue”, y mi cuerpo obedeció. Notaba cómo esa voz despertaba en mí nuevas esperanzas, una fuerza superior controlaba ahora mi cuerpo y volví a la marcha. Durante mi paseo, el silencio acompañaba a mis pensamientos y me di cuenta de que no recordaba nada, no eras más que un cascarón vacío. Empecé a temer que eso fuese la muerte y entonces, si ya estaba muerto, morir no me liberaría de aquella prisión. Intenté apartar ese pensamiento de mi cabeza y continuar avanzando entre la espesa oscuridad. Avancé y avancé cada vez más cansado. Cada vez menos seguro de mis pasos, a quién pretendía engañar… no había nadie allí, no encontraría una salida milagrosamente; moriría allí o, en caso de estar ya muerto, solo me quedaba acurrucarme en un rincón y soportar la condena… si por lo menos hubiese sabido la razón de ésta, tal vez la hubiese aceptado mejor sabiendo que me la había ganado.

“NO, NO LO HAGAS POR FAVOR”

Esa voz era distinta, ya no era ni un susurro ni mi imaginación. Estaba seguro de que lo había escuchado, pero no era la primera vez que la escuchaba. Esa voz me había recorrido el cuerpo como un escalofrío, empecé a temblar y caí al suelo apoyando las manos y las rodillas. Un rayo de luz me cegó y conseguí distinguir un rostro de mujer, llevaba un pañuelo alrededor de la cabeza que le cubría el cabello, sus ojos tan negros como la oscuridad que me había atrapado. Su expresión seria, esa mirada desgarradora, tenía la cara de alguien a quien no le queda nada. Quería quedarme, preguntarle quién era, preguntarle qué verdad se ocultaba tras sus ojos, pero todo se desvaneció y de repente me volvió a engullir la oscuridad y la más profunda desesperación se apoderó de mí. Grité mientras resbalaban lágrimas por mi rostro: ¿QUÉ QUIERES DE MI?, gritaba. DÉJAME SALIR… no aguanto más, no aguanto más. Comencé a golpear aquel suelo que parecía de cristal, notaba la sangre fluir, notaba cómo las lágrimas y el sudor se mezclaban, pero nada me detendría, ya estaba muerto, ya nada me dolía. Si así debía ser, saldría por la fuerza de aquel lugar.

Pasaron días o semanas, tal vez pasaron solo segundos; no lo sé, nunca lo sabré, pero de repente sucedió, el suelo se resquebrajó con el sonido más bello que he escuchado nunca.

Y entonces comenzó la caída, y bajé a través de lo que una vez fueron mis recuerdos; esos que me habían abandonado, se encontraban allí. Estaban todos almacenados como si de una gran biblioteca se tratase: desde la primera vez que pisé la arena de la playa hasta…hasta…un momento, no… esto es imposible…

Lo había encontrado, había encontrado el porqué de mi situación, la razón de las tinieblas que me acosaban…

No estaba muerto, no iba a despertar, ni mi cuerpo ni mi mente ya me pertenecían, ni nadie leerá estas palabras que volverán a caer en el olvido. Ya no soy más que una máquina controlada por otros, solo obedezco órdenes, mi cuerpo obligado a abandonar la condición de humano y mi alma sentenciada a vagar en la oscuridad aprisionada en un cuerpo que ya no le pertenecía.

NO, NO LO HAGAS, DETENTE POR FAVOR” se vuelven a repetir esas palabras, vuelve a venir a mi mente la imagen de esa joven que lo ha perdido todo, a la que no le queda nada… un escalofrío vuelve a recorrer lo que parece mi cuerpo, pero que es fruto de mi imaginación. Me desplomo en el frío suelo y vuelven a brotar las lágrimas. Imposible es imposible me repito, pero no lo es… esa chica hace una eternidad o unos segundos era yo.

Nerea Soto

 

definitiva relato
Ilustración realizada por Francisco Ariza

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