El tormento de las estrellas

Dama blanca, paciente y llena de dicha, colma y calienta a sus hijos con un inconcebible amor profundo; sin embargo, lo que antes calor ahora es fuego, un fuego cruel que arrasa y lo hiere todo a su paso. Mefistófeles llega y como león rugiente ataca con desdén y desprecio a la dama. Sus hijos, las estrellas, observan impávidos, testigos mudos de aquel hecho. Una de ellas, ya acostumbrada, observa impertérrita; otra va a consolar, pero una, la más vieja, la que más ha visto, corre a esconderse para que no la vean llorar. Oye los gritos desgarrando sus oídos, se esconde bajo el manto negro del firmamento, no añora momentos mejores, pues no hubo tales. Su agitado corazón sufre mientras la angustia y el pesar lo apuñalan dejando en él una herida que ni el tiempo sanará. Su respiración está alterada, no la puede controlar, se asfixia, las lágrimas brotan como si de una cascada se tratará, no puede evitar soltar algún sollozo, piensa en pedir ayuda, pero el terror la atenaza, no sabe a quién pedir auxilio, la incertidumbre de hasta dónde podría llegar esta batalla abrasa su ya atormentada mente, mientras odia con un fulgor semejante a su ser a Mefistófeles. Seguidamente piensa:

“Oh, mi dama blanca, por qué aguantar esas vejaciones e injurias, por qué no volver con tu madre la luna?” A Mefistófeles otra cuestión le lanza:

“¿Por qué no abrir tus alas bañadas por las lágrimas de la dama y volver al infierno con tus iguales y acomodarte en tu negro trono?”

La estrella más vieja se vuelve fugaz y puede que algún día, con el regocijo de romper sus ataduras, esas heridas sanen, aunque no del todo, pues su mente y su alma se hallan martirizadas por este acuciante dolor. Ahora su más acérrimo enemigo es su propia mente castigándola y alentándola a pensar en su debilidad y desidia, en por qué no hizo nada y sólo se limitó a lamentarse. Igualmente, las otras aún han de quedarse marchitándose mientras ven cómo la luz de la dama se apaga y cómo Mefistófeles mella su espíritu antes inquebrantable, esperando que llegue lo inevitable.

Juan Escalona

 

definitiva colaboración
La noche estrellada, de Vincent van Gogh

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