Grandes genios de la música I: Niccolò Paganini

“¡Qué hombre! ¡Qué violín! ¡Qué artista! Cuánto sufrimiento, cuánta angustia, cuánto tormento pueden expresar esas cuatro cuerdas.” Así se refería F. Liszt a N. Paganini, probablemente el mejor violinista que haya dado la música en toda su historia.

Paganini nació en Génova en 1782, y su leyenda comenzó a fraguarse cuando solo tenía 5 años. Se cuenta que cuando el músico tenía esa edad, su madre tuvo un sueño en el que se le apareció el demonio y le aseguró que su hijo sería un violinista famoso. Desde ese momento, su padre –al que siempre le achacó su estricta severidad- le obligó a ensayar diez horas diarias y le privaba de comida si no cumplía esas estrictas condiciones. Este ritmo de trabajo, unido al talento del chico, dio lugar a que con 6 años ofreciera su primer concierto, a los 9 realizara su primera gira y a los 16 contara ya con cierto prestigio.

A partir de entonces, su fama fue extendiéndose tanto por el talento extraordinario del joven, como por la leyenda que se generó en torno a su persona –la cual él mismo se encargó de alimentar y mantener-. Se dice que era bajo, delgado, pero con unas extremidades muy largas, de cara pálida, aspecto demacrado, nariz aguileña, una mirada oscura y una larga melena que meneaba enérgicamente cuando tocaba. Todo ello, unido a la tradición de su relación con el demonio mencionada anteriormente, generaba en quienes lo tenían cerca una mezcla de miedo y atracción irresistible.

La consecuencia de todo esto fue que Paganini lograra abarrotar las salas de conciertos de todas las capitales europeas, creando lo que hoy podríamos llamar el “fenómeno fan”, y acumulando una cantidad de dinero hasta entonces impensable para un músico. Sin embargo, era frecuente que dilapidara grandes fortunas en el juego, las fiestas y las mujeres.

En cuanto a su forma de tocar, sería difícil delimitarla, pues su técnica era tan depurada que podía tocar una enorme variedad de estilos. Prueba de ello son sus Caprichos, 24 obras para violín en las que explora cada aspecto de la técnica de este instrumento. Sin embargo, si queremos destacar algo, podríamos referirnos a su enorme velocidad a la hora de tocar, pareciendo que atacaba el arco contra las cuerdas del violín a modo de látigo, llegando incluso –según dicen algunos- a tocar doce notas por segundo. Esta velocidad, que agita al espectador, suele ir seguida de sonidos delicados, transportándonos continuamente con su música a estados muy extremos, y generando en nosotros grandes contrastes en los que lo divino y lo diabólico parecen combatir por conquistar nuestro espíritu.

También en lo que se refiere a su estilo, eran llamativas las posturas que adoptaban sus brazos cuando tocaba -lo que posiblemente estuviera causado por el síndrome de Marfan- y que le permitían llegar a lugar imposibles para el resto de violinistas. Por último, mencionar que como parte de sus trucos de showman, era habitual que retirara tres cuerdas del violín para tocar únicamente con una, generando sonidos insólitos y tocando incluso a dos o tres voces, creando el efecto de que sonaban varios violines.

Lamentablemente, a causa de una salud muy frágil, la fatiga de tantos viajes por Europa, y el efecto de las medicinas para hacer frente a todas las enfermedades que le atacaron durante su vida –la última de ellas la sífilis-, murió en Niza a los 58 años de edad.

Nosotros terminamos nuestro escrito sobre Paganini con la invitación que hizo el crítico de música François Castil-Blaze a sus conciudadanos después de haber escuchado un concierto de este genio: “Vended todas vuestras posesiones. Empeñadlo todo, pero id a oírle. Es lo más asombroso, lo más sorprendente, lo más maravilloso, lo más milagroso, lo más triunfante, lo más desconcertante, lo más increíble, lo más extraordinario y lo más inesperado que haya sucedido jamás”.

Jesús Rivas

 

imagen Paganini definitiva

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