La perspectiva (I parte): Momento filosófico

Todos alguna vez nos hemos quedado pensando en el futuro o en por qué pasa algo, y lo hemos hecho por ejemplo mientras tomábamos un largo baño o mientras intentábamos dormirnos. Pero esos momentos no han ido más allá de un pensamiento; una simple angustia momentánea. Sin embargo, no todos tienen esta suerte, y es aquí donde podemos hablar de la historia de un pequeño “filósofo” llamado Blad.

Este joven no tuvo mucha fortuna en la vida. Vivía aislado de la sociedad. ¿La causa?: sus ideales. Desde niño siempre ha intentado encontrar el porqué de las cosas, siempre soñando en que debería de haber nacido en el sigo XVIII o XIX, donde el afán por lo nuevo era estratosférico. Aun siendo de nacionalidad anglosajona, no tuvo muchos problemas en aprender el español con tan solo 12 años, pues su objetivo era vivir en ese gran país que, según su abuelo, era un imperio de antiguos descubridores. Una vez alcanzada la edad de 18 años y terminados sus estudios superiores decidió mudarse a Madrid y estudiar en la facultad de Física.

Nuestro protagonista no duro ni un año en esta carrera. Las clases eran aburridas y repetitivas; los profesores, en lugar de recompensar lo innovador, lo penalizaban; y la sociedad tenía un aire cerrado a la par que retrógrada. El pequeño “hombre” se había estancado en su búsqueda de lo desconocido. Ahí la historia de Blad pudo haber acabado; habría sido lo normal. Un hombre que se encuentra un muro demasiado grande como para seguir con sus sueños, pero no. La fortuna le sonrió -la primera y la última vez en su vida- haciéndole conocer a un pianista reconocido localmente, Monokuma Molina.

Blad vio a este pianista tirando piedras al Gran Estanque del Retiro, y al verlo tan feliz haciendo algo tan simple no pudo contener su curiosidad por ese extraño ser, así que decidió acercarse a él.

– Buenos días, señor – dijo Blad.

– Buenos días, mi joven amigo – le contestó Monokuma.

El joven entró en shock en ese momento. ¿Cómo podía aquel hombre decirle amigo sin conocerle de nada? Sin reparo ninguno, Blad le preguntó:

– Usted, señor, ¿por qué disfruta tanto con algo tan simple? ¿Acaso le gusta perder su tiempo en algo que no aporte nada a su día a día?

– Primero, puedes hablarme de tú, y segundo, me llamo Monokuma, pero puedes llamarme Mo. ¿Y tu nombre es…? – Preguntó él sin dejar de tirar piedras.

-Me llamo Blad, señor.

-Encantado, Blad. Respecto a la primera pregunta que me has hecho, ¿acaso algo que es simple no se puede disfrutar? Lo simple nos hace ver lo complejo que es el mundo. A mí, por ejemplo –mirando a la piedra– tirar piedras y verlas rebotar me ayuda a pensar sobre cómo funciona este mundo. Yo lo llamo “mi momento filosófico”- Lo dijo tirando la piedra.

-¿Filosófico? – Dijo el chico asombrado al no haber escuchado nunca ese término.

-Sí, un momento filosófico, un momento que todo el mundo debería de tener. La sociedad, día tras día, está perdiendo la gran capacidad que nos dio la naturaleza para diferenciarnos de los animales, la capacidad de razonar. Ahora todo se hace a la carrera y de forma agobiada. Se están perdiendo las buenas costumbres donde dos hombres charlan sobre la vida, o sobre qué es el amor o sobre cualquier tontería, pero charlan y piensan. Poco a poco, gracias a esto, descubren hechos sobre la vida. Yo, al no tener a alguien con quien charlar, lo hago con el agua.

Y sonriendo, lanzó la última piedra y comenzó a alejarse del estanque.

El joven se quedó inmóvil. Ese hombre le había dado la clave para alimentar su afán de descubrimiento. Sin pensarlo dos veces y de forma ingenua le preguntó la manera de tener ese momento filosófico.

-Vente mañana a las 7h., al mismo lugar que hoy, y podremos pensar el modo de que lo tengas -dijo Mo alejándose del muchacho cada vez más.

Blad no pudo pegar ojo esa noche.

Continuará…

Enderfin

 

Dibujo relato definitiva
Ilustración realizada por Moon

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