El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos

En esta ocasión, hemos querido comentar una película poco comercial; una película que, pese al prestigio de los actores (Colin Farrell y Nicole Kidman, entre otros) desgraciadamente no tuvo en su estreno la repercusión mediática que merecía, cosa que, por otro lado, no es de extrañar cuando descubrimos que es obra de Yorgos Lanthimos, uno de los directores más inquietantes del panorama cinematográfico.

Lo primero que sorprende de la película es su extenso título, acostumbrados como estamos a títulos breves, casi a modo de slogans. Sin embargo, el director griego quiso hacer un guiño al mito de Agamenón e Ifigenia; pero no solo en el nombre, sino también en la historia. Esta podría asemejarse, como decimos, a una tragedia griega, pues también aquí encontramos un héroe (Colin Farrell) sometido a los designios de un destino inquebrantable e impuesto por un ser al que no parece poder alcanzar (Barry Keoghan).

En efecto, la película trata sobre un matrimonio (Colin Farrell y Nicole Kidman) que ve cómo se resquebraja los moldes de una vida aparentemente perfecta –aunque al espectador todo le resulta artificial y frío, desde la relación del matrimonio hasta el trato de los padres con los hijos- a propósito de un acontecimiento del pasado referente al marido que no quedó cerrado para todas las partes. Este hecho actuará como un veneno que, inoculado en la familia, la irá destrozando progresivamente tanto en lo físico como en lo psicológico, dejando entrever cuán débil es el hilo de la tranquilidad. A pesar de todo ello, se les presenta una solución para acabar con el problema, pero ¿estarán dispuestos a hacer “el sacrificio” que tal solución requiere?

En cuanto al carácter de la película, es del todo perturbadora, desde la primera escena (en la que se nos muestra una operación a corazón abierto), hasta el cierre de la misma, pasando por escenas de sexo un tanto surrealistas y actitudes de los protagonistas que rozan la psicopatía. Todo ello maravillosamente acompañado de una banda sonora que juega un papel capital en todo el desarrollo de la cinta. Tanto el comienzo como el final están acompañados de dos piezas de música clásica (la primera de Schubert y la segunda de Bach) que, con los coros, parecen querer transportarnos más allá de la Tierra, aunque es difícil saber si, pese al carácter religioso de las piezas, el director nos quiere guiar hacia el cielo o hacia el infierno. Por otro lado, en el transcurso de la película, se va alternando la música del violín y el cello con sonidos más vinculados a la música contemporánea, muchos de ellos con cierto carácter psicodélico, que parecen resonar en la cabeza del protagonista, destrozando la armonía y tranquilidad de su vida y ahogándolo poco a poco en el abismo que le atrapa. Nosotros, como espectadores, somos también víctimas de esta caída, nos asfixiamos junto al padre de la familia, sintiéndonos agobiados ante la inminencia de la tragedia, ante la proximidad del estallido final, anunciado por los rápidos movimientos de cuerda y por los agudos y ensordecedores sonidos con un tono casi electrónico que agita nuestros nervios.

Junto a la música, también la cámara nos ayuda a “recorrer” la película, pues parece guiarnos, acompañarnos a las escenas, acercándose y alejándose de los lugares y protagonistas con movimientos suaves, delicados, progresivos. Cualquiera diría que Lanthimos busca en cada escena el plano perfecto que “fotografiar”, lográndolo, desde nuestro punto de vista, en múltiples ocasiones.

Por último, me gustaría hacer referencia a los planos, que suponen un punto discordante con lo que vemos actualmente. En esta película, curiosamente, se alterna sobre todo entre el plano general (cuerpo entero de los personajes) y los primeros planos, bien aguantados por Colin Farrell, pero mucho mejor por Nicole Kidman, que en ocasiones parece retar a la cámara a ver quién aguanta más en esa situación. Destacan también los planos contrapicados (en ángulo desde abajo), pero sobre todo los picados (en ángulo desde arriba) y, en alguna ocasión, se utiliza también el plano cenital (desde arriba), cosa poco habitual en las películas. Esto último consigue “alejarnos” de la escena, distanciarnos de la familia, evitando que surja un sentimiento de empatía con ellos, con los que nunca llegamos a intimar. Además, también podemos interpretarlo como un alejamiento de la realidad, del “suelo”, de las leyes del mundo, de la racionalidad científica, de las explicaciones teóricas, pues lo que le ocurre a la familia poco tiene que ver con la lógica, y más bien terminas planteándonos que quizás “la irracionalidad de una cosa no es un argumento en contra de su existencia, sino más bien una condición de la misma”.

Jesús Rivas

Imagen crítica de cine

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