La escritora

Imágenes de un pasado glorioso se sucedían tortuosamente en su memoria. También ella sabía que no había vuelto a escribir algo semejante desde entonces; sin embargo, la idea de dejarlo todo aún no había sobrevolado su cabeza. Lo que sí hacía con frecuencia era preguntarse cómo aquella fuente, de la que con tanta facilidad habían emanado aquellos personajes tan pintorescos, aquellos lirios olvidados o aquellos paisajes inexistentes, se encontraba ahora tan seca; completamente estéril. “¿Acaso soy yo?”, se preguntaba. “¿Acaso mis ojos han perdido su pasión poetizante?” “¿Acaso se desinteresaron ya por cosas que antaño tanto apreciaron?” Atrás parecía quedar la excitación al ver el frenético aleteo de una mosca o la tristeza al contemplar la agonizante caída de una hoja durante una tarde de otoño. Llegó incluso a cuestionarse si había perdido la sensibilidad, pero esta posibilidad fue descartada tras golpearse involuntariamente el pie con la pata de una mesa.

En aquella búsqueda de razones, no faltó la acusación al mundo, que bien podría haberse convertido en un espacio gris, apático, donde no hubiera lugar para la imaginación o la sorpresa. Pocas cosas se encontraban ya fuera del alcance de su lógica aplastante; como mucho un reloj cuyas agujas fueran hacia atrás o una lámpara en la que no encajara bombilla alguna. Aunque pensándolo bien, la explicación bien podría ser que ya todo nos es conocido y, en ese sentido, lo familiar no sorprende a nadie. Sentados en una silla y por medio de una pantalla somos capaces de ver el mundo entero. Nos hemos convertido –no sin cierta desgracia- en viajeros sedentarios.

En medio de todas aquellas reflexiones, recordó unas líneas que había leído tiempo atrás, y que parecían dictar sentencia en lo que a aquel interrogatorio se refería. Las palabras que por su mente estaban sucediéndose, y cuya autoría creía perteneciente a Rilke, rezaban así: Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas.

Ante este recuerdo, cualquier huida de sí misma le parecía victimista y ridícula. Debía enfrentarse sin excusas a aquel documento en blanco que, con cierta soberbia, le devolvía la mirada. Sin embargo, no era capaz de encontrar la secuencia adecuada para aquellas letras que aleatoriamente estaban esparcidas frente a ella. Sus dedos se apoyaban y se resbalaban por todas y cada una de las teclas, acariciándolas, como suplicándoles auxilio, pero seguía sin descubrir con cuál debía comenzar y cuáles debían seguirle. Todos sus intentos se encaminaban sin remedio al fracaso. No quedaba en ella nada de originalidad, y su único recurso parecía ser el recuerdo. De hecho, en un primer momento, al sopesar la idea de escribir una novela de aventuras, comenzó con estas líneas: “En un lugar de Madrid…”. No era un mal comienzo, pero evidentemente, aunque referido a otro lugar, usado con anterioridad. Su memoria volvía a entrometerse en el ejercicio de la creatividad.

Al tiempo, abandonó la idea de narrar una aventura y consideró que sería más apropiado hacer una crítica a la racionalidad del mundo, sobre la que días atrás había reflexionado. Con esta pretensión, se dispuso a narrar una historia surrealista, cuyo comienzo consideró que podría ser el siguiente: “Cuando nuestro protagonista despertó aquella mañana, después de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en…”. Estaba disfrutando con aquel inicio, pues desde la primera línea se producía un ataque a nuestra cotidianidad y, a partir de ahí, todo estaba permitido. Sin embargo, estas líneas le resultaban bastante familiares, hasta que cayó en la cuenta de que, al igual que las anteriores, también tenían un autor.

En plena crisis creativa y tras estas inútiles intentonas, empezó a considerar la idea de que quizás fuera ya imposible escribir algo nuevo. ¿Acaso después de tantos siglos de literatura, todo comienzo había sido ya usado?; ¿se habrían agotado todas las combinaciones de palabras posibles para empezar una obra? Y si no había comienzo, ¿cómo continuar? En un intento desesperado, pensó en empezar por el final; sin embargo, un final escrito al principio, se convertía igualmente en un comienzo, por lo que también resultaba imposible partir del final, además de que era un recurso ya utilizado con frecuencia. ¿Qué quedaba entonces? ¿Acaso la literatura se había vuelto imposible? ¿Existían todavía rincones por descubrir, momentos que inmortalizar u objetos en los que ningún ojo hubiera posado su mirada?

Justo en aquel momento, recordó todo lo que ella misma había sido; el impacto que había supuesto su obra. De esa forma, descubrió que el principio estaba allí, precisamente en ese instante. Así, puso sus finas manos en el teclado, miró con valentía la pantalla del ordenador y, con total naturalidad, comenzaron a brotar estas palabras de sus dedos: Imágenes de un pasado glorioso se sucedían tortuosamente en su memoria

Jesús Rivas

Dibujo Domingo -relato--001 (definitivo)
Dibujo realizado por Domingo Lorente

 

 

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