El sueño de Séneca

Cuenta Tito Livio que Séneca enfermó en sus últimos años de vida por no haber representado su Fedra en el Teatro de Córdoba. Lo describe como un espectro nocturno. Como un insomne sin objetivo y sin belleza en sus palabras. Como un enfermo de pesadillas. Dice que Séneca soñaba una y otra vez el mismo sueño. La pesadilla venía cada noche y, cada noche, volvía al teatro de su ciudad.

En el sueño, afirma Tito Livio, hay una bañera en el centro del escenario. Séneca está en la bañera vestido de ejecutivo. En una mano, lleva un maletín y en la otra, una muñeca. A la izquierda del escenario, al fondo, hay un sombrero y dos antorchas. A la derecha del escenario, también al fondo, aparece siempre alguien que no se deja ver, una sombra (aunque esto no debo decirlo ahora, debo seguir con el sueño, se dice). De la primera fila de columnas de la scaenae cuelgan todo tipo de utensilios de cocina: ollas, sartenes de bronce, cuencos, morteros y cazos. El teatro, por lo demás, está vacío. En un teatro donde caben 15.000 espectadores, no hay un solo espectador. Miento. Hay uno. En la última fila de la cavea superior, a la derecha. Es pequeño y gordo, parece un niño. Lleva un caballo de juguete en sus manos. Está inmóvil, mirando fijamente al escenario. Séneca se percata de su presencia y tensa los músculos, apretando la muñeca. Comienza a oírse un rumor metálico, creciente. De repente, un rebaño de cabras con cencerros irrumpe en el graderío. El sonido de las cabras tranquiliza a Séneca, que suelta la muñeca y dice en voz alta: “Me avergüenzo de mis adentros”. Su voz llega hasta el último asiento del teatro, porque el niño, al oír sus palabras, deja a un lado su caballo de juguete, se levanta y comienza a descender por las filas de gradas hasta alcanzar al rebaño. Se acerca a una de las cabras y le acaricia el lomo. La cabra se deja hacer y el niño se sienta junto a ella. Empieza a ordeñarla. La leche cae resbalando por las gradas. Una tras otra, el niño ordeña todas las cabras del rebaño. El suelo de la cavea empieza a llenarse de leche de cabra hasta inundar la orchestra. Séneca sale de la bañera y abre el maletín. De su interior sale una melodía, como si fuera una caja de música. Coge uno de los cazos colgados en las columnas y se acerca a probar la leche. Bebe y sonríe. La música y la leche inundan el teatro. Séneca baila y baila alrededor de la bañera.

Entonces, a Séneca se le vienen encima los muros del teatro y queda sepultado por los escombros. Siempre ocurre así. Y cuenta Tito Livio que siempre se levantaba Séneca en este punto de la pesadilla, o del sueño (ya no sabe Tito Livio si era más terrorífico que bello o más bello que terrorífico). Fueron tantas las veces que lo soñó Séneca en el último año de su vida, que sabía exactamente cuándo iba a despertar. Sin embargo, en su último día de vida, cuando sabía que Nerón, el niño díscolo al que había educado para recuperar la pax romana, iba a convertirlo en otro mártir de la filosofía, volvió Séneca a soñar su pesadilla, pero esa vez no se despertó. Continuó soñando su sueño. Así, una vez que el teatro se había caído y había quedado Séneca sepultado por los escombros, aún pudo mirar desde su posición a la derecha del escenario (ahora sí puedo contarlo, se dice Tito Livio), al fondo, y descubrió que esa sombra, esa figura que se escondía a la derecha del escenario eras tú, Ariadna.

“¿Yo?” Seguíamos frente a los restos del antiguo teatro, en los sótanos del museo.

“Sí, tú. Y eso no es todo, Ariadna. Séneca pudo salir de los escombros… y encender las dos antorchas y ponerse el sombrero… y tumbarse a mirar el cielo… y esperar que los muros del teatro se volvieran a caer… y que el niño volviera a ordeñar a las cabras… y que tú, Ariadna, siguieras al fondo del escenario, a la derecha”.

Ariadna se quedó mirando los restos unos segundos y se volvió hacia mí con una picardía complaciente: “Papá, te lo has inventado todo. Siempre haces igual. Siempre confundes a los filósofos con los fantasmas”.

Rufo Molina

 

Imagen relato Rufo -definitiva-

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